Creo que desde niño todo el mundo tiene un sueño acerca de la casa donde quisiera vivir. En mi caso siempre viví en un inmobiliario pequeño, por lo tanto tiene bastante lógica que desde esa edad haya querido mudarme a una casa muy muy grande.

Al ser pequeño mi hogar, mis padres no permitían la crianza de animales. Cuanto me hubiese gustado tener la compañía de una mascota, un Labrador, un Golden Retriever quizá y por qué no un perro Siberiano de hermoso pelaje en tonalidades grises y blancas, con penetrantes ojos azules. Sin embargo pude ingeniármelas para convencerlos de tener una mascota pequeña, así es que logré traer un gato a mi casa. Creo que le faltaba ese pequeño impulso a mis padres, el conocer de cerca de una mascota y una mascota tan independiente como un gato.

Recuerdo que en mis años de infancia me sentía a veces relegado por vivir en una casa de pequeñas dimensiones respecto a los inmobiliarios de mis compañeros de escuela. Los niños somos así, hacemos juicios de valor en base a la cantidad y calidad de bienes materiales que poseemos, una especie de mercantilismo infantil. Uno de mis amigos de colegio llamado Manuel nos invitó el día de su cumpleaños a su casa. Ese día fuimos con mis padres a comprarle el regalo, yo quería regalarle un juguete o una pelota de fútbol y mi padre lo que quería era comprarle un disco. Nos enfrascamos en una discusión, yo tenía ocho años para ese entonces y no concebía la idea de regalarle un disco a un chico de mi edad y menos un disco del grupo Menudo, muy famoso por entonces pero enemigos acérrimos de nosotros los chicos ya que con sus canciones y puestas en escena nos robaban la atención de las chicas. Ahora a mi edad comprendo que la situación fue más simple de lo que parecía. Mi padre simplemente trató de abaratar costos. Evidentemente es más barato un disco que un juguete al menos en esa época en donde el Long Play dominaba los escaparates de tiendas y bazares. En fin, el hecho es que mi padre salió con su gusto y me encomendó la embarazosa tarea de entregarle el disco de Menudo a mi amigo Manuel. Ni bien tuve el disco entre mis manos empecé a sudar. ¿Qué cara pondría tanto Manuel como yo? ¿Por qué le tiene que pasar estas cosas a un niño de esa edad? Rogué para ser el primero en llegar a la fiesta.

Mi padre siempre fue un conductor prudente y manejaba sin prisas, afortunadamente no era mucha la distancia hacia la fiesta y la salvamos en poco menos de diez minutos. Ubicamos la dirección con facilidad. Era una calle amplia y poco transitada, a decir verdad nuestro auto fue el único en movimiento cuando divisé la calle. Las fachadas de todas las casas eran hermosas y tenían algo en común, ninguna carecía de jardín en la entrada. Esto hacía que el color verde predominara en la retina. Por supuesto se había instalado la competencia entre los vecinos a ver quién tenía el jardín más bonito y mejor decorado, competencia en la que el ganador era el visitante, en este caso quien les escribe.

La dirección de Manuel era 469, lo recuerdo con claridad. Su jardín era uno de los mejores de la cuadra, la verdad quedé maravillado, tanto así que olvidaba que llevaba una pesada carga que entregar, el maldito disco de Menudo, pero eso lo contaré en el siguiente post.

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