Hay veces que uno tiene que poner en práctica las mejores técnicas de negociación posibles para conseguir lo que quiere. En el caso de tratarse de un inmueble y, más específicamente, de un apartamento, uno puede pensar que basta con tener el dinero correspondiente a los meses de adelanto y de garantía y que lo demás caerá por su propio peso a la hora de rentar un apartamento. Quizá no sea tan así, máxime si uno tiene mascotas y quiere mudarse junto con ellas a un nuevo apartamento. En efecto, muchos de nosotros hemos sido criados en familias que profesan y practican el amor por los animales y casi siempre hemos tenido al menos una mascota conviviendo con nuestra familia. Lo común es tener un perro como mascota, el amigo más fiel que el hombre pueda tener, algunas veces son pequeñitos como los Pekinés o los Salchicha, otras veces son medianos como los traviesos Cocker, a veces pueden ser pequeños pero biliares como los Chit-Su o podemos tener perros gigantes como los Dogos o Mastines. Pero no todos tenemos perros como mascotas, en mi caso siempre me han gustado más los gatos, vamos los felinos en general, pero evidentemente no puedo tener un guepardo dentro de casa. E incluso hay algunos que van más allá y optan por criar aves exóticas o incluso razas de roedores como Hamsters y hasta ratas como vi en una ocasión en la televisión por cable.

En mi caso no pedía nada del otro mundo, simplemente poder mudarme con mi gato al nuevo apartamento. En la actualidad la política respecto a los animales es bastante cerrada. Por ejemplo, podemos ver que las normas recomiendan pasear a los perros con el bozal puesto, sobre todo si se trata de razas que podamos llamar peligrosas como los Rottweiller o los Pitbulls que ya han atacado a más de una persona. Otra recomendación es que los dueños transporten bolsas cuando saquen a pasear a sus perros para limpiar sus necesidades y estas no queden en los parques. En el caso de los inmobiliarios las políticas también se han cerrado y es muy difícil que a alguien le permitan mudarse junto con su mascota, al menos a un apartamento que se encuentre dentro de un edificio. Pensé que mi gato no representaría mayores problemas puesto que son animales muy independientes y que prácticamente no se dejan ver por ojos extraños, pero recordé el reciente caso de una mujer que incluso fue encarcelada porque no acató la orden de un juez que le ordenó desalojar su apartamento en vista de las múltiples amonestaciones y quejas del comité de vecinos que no la soportaban. La razón era que la mujer tenía casi 20 gatos viviendo junto con ella y el ruido de los maullidos nocturnos molestaba al vecindario. Con esto en mente, lo pensé muy bien y decidí hacer algo. Me mudaría con mi mascota pero asolapadamente.

Una vez que busqué y encontré el apartamento que quería, tomé contacto con el dueño y cerré el trato, cancelando los meses de adelanto y de garantía correspondientes. Me fijé muy bien que el apartamento reuniera las condiciones básicas tanto para mí como para mi mascota. El inmueble en cuestión quedaba en un segundo piso y noté que la ventana de la cocina daba hacia un callejón trasero, como en las películas, sucio y descuidado. Por ahí podría filtrarse un delincuente pero la ventana estaba bien protegida por sólidos barrotes de acero galvanizado. Sin embargo, había espacio de sobra para que mi gato pudiera entrar y salir a placer de la casa. Me pareció el apartamento ideal. Mi gato era macho y por tanto, era seguro que en las noches no estuviera en casa y saliera a efectuar su clásica ronda nocturna, buscando que conquistar nuevos territorios y anexar nuevas gatas a su colección. Mi mudanza fue relativamente rápida, todas mis cosas fueron transportadas en menos de dos días y el acomodo me tomó otros cuatro o cinco días. Al final de esa semana ya estaba todo listo, mi gato simplemente esperaba mi orden para mudarse. Bueno, es un decir, porque al gato no lo manda nadie, simplemente lo llevé en su canil, camuflado dentro de una caja de madera para que no me vieran llegar con él. Una vez dentro del nuevo apartamento, cerré puertas y ventanas y lo liberé. Estaba confundido al principio y se escondió. Luego, al comprobar que no había peligro, salió de debajo del sofá y empezó a patrullar la nueva zona, olfateando cada mueble y frotando su hocico contra algunas esquinas. Después comió y durmió tranquilo. En la noche le abrí la ventana de la cocina y le indiqué que esa sería su puerta de entrada y salida y que procurara no hacerse notar en el vecindario. Llevamos ya varios meses en el nuevo apartamento sin mayores contratiempos.

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