ADOPCIÓN CANINA
September 19th, 2007
La semana pasada fui yo quien se encargo de llevar la alegrÃa al inmobiliario. No es que éste haya sido abandonado o golpeado por una tragedia o que alguna mala noticia se haya cernido sobre el, pero le faltaba algo, un no se qué. Si bien es cierto, no se tratable un inmueble de grandes dimensiones, era cómodo y acogedor, suficiente para mi esposa, mi hijo y quien les escribe. No habÃa piscina, pero podÃamos comprar una inflable y colocarla sobre el jardÃn, eso en verano, pero en invierno faltaba una diversión de ese calibre y habÃa que pensar en algo desde ahora. Con esos pensamientos me fui a dormir y al dÃa siguiente olvidé por completo el asunto y me fui a trabajar como cualquier dÃa. Dio la hora de refrigerio y salà a comprar algo para el refrigerio. No era mi intención almorzar en un restaurante ya que tenÃa trabajo acumulado y querÃa ganar tiempo al tiempo, asà que pensé que un par de sándwiches y una bebida estarÃan bien, eso me lo podrÃa traer de vuelta a la oficina y seguir avanzando con mi trabajo. Entre a un autoservicio de comidas rápidas y ordene dos hamburguesas grandes con su respectiva ración de papas fritas y una bebida extra grande, me atendieron rápido y, sin perder tiempo, di media vuelta rumbo al trabajo. En el camino, que era cinco minutos a pie, me topé con un simpático perro que al parecer olfateó la carne que traÃa en la bolsa y empezó a seguirme, no hice caso en primera instancia pero luego cuando me di cuenta que ya estaba por llegar a mi oficina, decidà deshacerme de el y no tuve mejor idea que arrojarle un pedazo de una de mis hamburguesas, seguro tendrÃa hambre. Lo dejé allà y terminé de dar los últimos pasos para hacer mi reingreso a las instalaciones donde estaba ubicada mi oficina.
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           Continué con el trabajo y pude acabar a poco después de las seis de la tarde, tal como habÃa planeado al sacrificar mi hora de almuerzo. Apagué la computadora, guardé mis papeles y me levanté para retirarme. Salà despreocupadamente por el pasillo y marqué mi tarjeta de salida. Al abrirse la puerta que me separaba de la calle, sentà que alguien me miraba. No puede ser, me dije, sonriendo ante la sorpresa, a escasos metros de la puerta el perro que me habÃa perseguido a la hora de mi refrigerio estaba esperándome, eso me pareció, porque de inmediato emprendió la carrera hacia mÃ. Era un Samolledo grande de color blanco que a decir verdad se acercaba al color negro por lo percudido de su pelaje, sin duda era de raza, oà algo de raza le quedaba, con un buen baño quedaba listo para un campeonato, porque era bastante agraciado. Lo curioso es que mientras corrÃa hacia mà no sentà miedo, sentà que no querÃa hacerme daño, solo jugueteó conmigo dando brincos y vueltas a mi alrededor. Le sonreà y no lo acaricié porque estaba muy sucio, pero el can me siguió hasta el auto. Abrà la maletera, guardé mi maletÃn y abrà la puerta para subirme, el can me miró con cara de tristeza y la verdad, debo confesarlo, me quebré, cómo podÃa dejarlo ahÃ, soy tan débil con los animales.
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           Y, abriéndole la puerta de atrás del auto, le hice una señal para que subiera, pero, eso sÃ, asà no lo podÃa presentar, asà que me dirigà a buscar una clÃnica para que lo bañaran y lo despulgaran. Afortunadamente di con una que ya estaba por cerrar pero al oÃr mi historia, se conmovieron igualmente e hicieron una honrosa excepción. Esperé cerca de una hora en la que aproveché para rociar el spray anti pulgas que le compré al mismo veterinario en el interior de mi auto, por si las dudas. Cuando regresé a recoger a mi nuevo amigo, quedé maravillado. Ahora era totalmente blanco y esponjoso, una belleza realmente, quien no iba a querer tenerlo, y feliz, con mi flamante adopción, me dirigà hasta mi inmobiliario. Ya se imaginaran la alegrÃa de mi hijo y de mi mujer cuando me presenté con semejante espécimen. Poco les faltó para preguntarme de dónde me lo habÃa robado.

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